Sin duda el retorno es un momento especial de un viaje; es particularmente agridulce. Estás cansado y quieres que llegar a casa, sin embargo sabes lo que significa: la libertad semi-absoluta del viajero se acaba. Volver a trabajar y/o estudiar, a responsabilizarse de una casa (o de parte de ella), a cuidar de una relación sentimental o a preocuparse por familiaries, amigos colegas… vaya, volver hacer todas aquellas cosas que en general importan poco cuando estás on the road. Y a pesar de todo, quieres volver. Porque después de pensar en todo lo que implica volver a la rutina, vienen a tu cabeza una serie de pensamientos positivos: todo lo que has visto, la gente que has conocido, las sensaciones que has experimentado, las situaciones por las que has pasado, todo lo que has aprendido… Todo eso es único, te pertenece, lo sabes y por eso mientras lo piensas estás sonriendo.
Somos seres de costumbres, arraigados a un lugar, a una serie de personas y a una forma de vida. Podemos pasar días, semanas o meses comiendo cosas extrañas y picantes, podemos dormir en antros infectados de insectos, hacer largas caminatas o pasarnos muchas horas en transportes incómodos y repletos de gente. Pero tarde o temprano aparecen pensamientos como “cuando vuelva lo primero que haré será comer un plato de jamón o unas bravas y tomarme una cerveza en tal bar” o “lo daría todo por una ducha en mi casa”. Pensamientos inocentes que expresan nuestra verdadera naturaleza.
Esta reflexión la hago en un vuelo Sao Paulo-Zurich, volviendo a casa tras tres semanas de mochilero por Perú. Creo que le voy a pedir otro gintonic a la azafata.
